Piropos sí. God Save the Queen.

A estas alturas de la vida no cabe cuestionar la importancia de la sexualidad como generadora de realidad colectiva. Estamos aquí por ella y para ella, y lo demás no es más que moda, circunstancias o consecuencias: no todo va a ser follar.

La congénita manía masculina de mirar el culo a las hembras como acto inevitable, o la extendida afición femenina por gustarse vistosas en el espectáculo del día a día, deberían ser la prueba suficiente del animal sexual que somos a pesar de tantos libros; y la respuesta a tantas preguntas que hoy se procuran resolver -con aprietos- desde la psicología, la pedagogía, la cultura o el derecho penal. El autodenominado progreso y su inercia tecnocientífica se han propuesto despojarnos de esencia, y desmembrados en una hoja de excel repleta de errores jugamos a recalcular al ser vivo que somos con fórmulas libres de género, desemejanzas, instinto y otros conservantes.

En lo concreto, ¿cómo es posible que pretendamos encausar a quien exalta gratuitamente las bondades más visibles de otra persona? Porque el piropo no es más que eso: la mínima e inofensiva expresión de halago y cortejo, a la que cada cual puede asignar la importancia que estime oportuna, desde toda hasta ninguna. Quien confunde ese guiño generoso con el mal gusto, la inoportunidad, la pesadez o la grosería, nos hace correr el riesgo de vernos más pronto que tarde en una fiesta sin amor a primera vista por falta de miradas, en la que se rehuiría de la palabra para evitar el insulto, del jamón al corte por prevenirse de los cuchillos, y en definitiva de todo lo que huela a vida para sortear ilusos a la muerte. Muerto el piropo se acabaría esta bendita rabia, pero rudos, extemporáneos, cargantes y babosos seguirían sin saber qué es la corrección, el respeto, la mesura y la delicadeza para con desconocidos; y todos los demás sin concretar dónde, cuándo, cómo y quién lo enseña.

En cualquier caso y mientras tanto, no puede ser biosaludable flagelarnos por mirar revirados un ratito más a cuanto nos gusta, por pintarnos los labios como el culo de un mandril -o de dos-, por calentar hasta que arda a quien se deje, o por decir y escuchar en alegre susurro ‘dios salve a la reina’.

Porque eso somos.

Marion Mailaender

 

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