El mundo va

El mundo va sosteniblemente mal.

El problema de la izquierda

El problema de la izquierda es que cada uno de sus dedos está absolutamente convencido de que puede vivir sin mano.

El primer día de cole

El primer día de cole tras las vacaciones de Navidad muchos vestían ropa sin rodilleras con la lengua fuera ni pelotillas venidas a más, otros estrenaban deportivas de un blanco iirreprochable que frotaban con el dedo mojado en saliva al menor desperfecto, y algunos ambas cosas; hasta tres conseguían el permiso de mamá para llevar el walkman de importación que les había comprado papá, pero ninguno lo usaba por miedo a gastar las pilas; y sólo una claudicaba ante los tenaces que mendigaban -para no más de una vida, pero entera- la maquinita de los botones de goma aún firmes como pezones.

En aquellos años la alegría y su tristeza duraban lo mismo que tarda lo nuevo en rendirse.

 

Piropos sí. God Save the Queen.

A estas alturas de la vida no cabe cuestionar la importancia de la sexualidad como generadora de realidad colectiva. Estamos aquí por ella y para ella, y lo demás no es más que moda, circunstancias o consecuencias: no todo va a ser follar.

La congénita manía masculina de mirar el culo a las hembras como acto inevitable, o la extendida afición femenina por gustarse vistosas en el espectáculo del día a día, deberían ser la prueba suficiente del animal sexual que somos a pesar de tantos libros; y la respuesta a tantas preguntas que hoy se procuran resolver -con aprietos- desde la psicología, la pedagogía, la cultura o el derecho penal. El autodenominado progreso y su inercia tecnocientífica se han propuesto despojarnos de esencia, y desmembrados en una hoja de excel repleta de errores jugamos a recalcular al ser vivo que somos con fórmulas libres de género, desemejanzas, instinto y otros conservantes.

En lo concreto, ¿cómo es posible que pretendamos encausar a quien exalta gratuitamente las bondades más visibles de otra persona? Porque el piropo no es más que eso: la mínima e inofensiva expresión de halago y cortejo, a la que cada cual puede asignar la importancia que estime oportuna, desde toda hasta ninguna. Quien confunde ese guiño generoso con el mal gusto, la inoportunidad, la pesadez o la grosería, nos hace correr el riesgo de vernos más pronto que tarde en una fiesta sin amor a primera vista por falta de miradas, en la que se rehuiría de la palabra para evitar el insulto, del jamón al corte por prevenirse de los cuchillos, y en definitiva de todo lo que huela a vida para sortear ilusos a la muerte. Muerto el piropo se acabaría esta bendita rabia, pero rudos, extemporáneos, cargantes y babosos seguirían sin saber qué es la corrección, el respeto, la mesura y la delicadeza para con desconocidos; y todos los demás sin concretar dónde, cuándo, cómo y quién lo enseña.

En cualquier caso y mientras tanto, no puede ser biosaludable flagelarnos por mirar revirados un ratito más a cuanto nos gusta, por pintarnos los labios como el culo de un mandril -o de dos-, por calentar hasta que arda a quien se deje, o por decir y escuchar en alegre susurro ‘dios salve a la reina’.

Porque eso somos.

Marion Mailaender

 

Te quiere

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Toros sí. Bases fuera.

Los antitaurinos sois la avanzadilla de la evolución natural que olvidó al pelotón; elitistas de la biología, impacientes de la vida, que os habéis propuesto extirpar los restos del animal que fuisteis y que somos. No os falta razón, porque sólo sois eso. Y os la doy cuando embestís bravos a los rezagados, esos a quienes la flemática varita de la selección aún no nos tocó, porque sé que la muerte anunciada en un cartel duele y que no hay truco bueno para las manchas de sangre. Pero olvidáis, racionales, que los reflejos animales no hierven a cien grados ni están en el calendario de vacunas; que dios no nos trajo al mundo sumando sino reptando y que ningún bicho anduvo a dos patas por decreto; que los más primitivos de vuestros iguales -vástagos de quienes protegieron con brutalidad a los más elegantes y refinados para que hoy pudieseis estar- seguimos sufriendo la baja pasión de dominar a la naturaleza y no solo a fin de mes; y que a la sensiblería y al decoro, al igual que a la hipocresía, los malea la cultura con su parsimonia, no un trending topic.

¿De verdad creéis que no nos gustaría disfrutar de vuestro sentido ético y estético, de vuestros posconceptos y de la forma tan única y transversal de metaexpresarlos? ¿Quién puede elegir sino desde la incapacidad ser a quienes queréis torear con picador, según rezan vuestros comerciales más populares? ¿Realmente pensáis que nos enorgullece contar con el indulto de Antonio Burgos en vez del de Noam Chomsky? Sabed, respetados homos sapiens sapiens -sapiens muchas veces, pero bichos- que una plaza de toros es más incómoda que un museo, pero bastante menos que avergonzaros. Sabed que no solo sabemos lo que no somos, sino que además lo padecemos.

No pediré que nos declaréis especie protegida -sabemos que estamos condenados por el tiempo y que el tiempo os sacará a hombros-, pero esperadnos, por favor; aliñad la razón con paciencia; dedicad vuestra altanería biológica y su necesaria ñoñería a barrer otras guerras tan indecentes y sobre todo más largas que una Feria; tocad los clarines cuando toque, con la tranquilidad de saberos triunfadores de una tarde en la que habrá orejas y rabos para todos. El futuro puro es vuestro y el futuro es infinito. Dejad vivir este corto presente al maldito animal de vida y muerte que llevamos dentro.

Pisco del Gaiso

PS. Conoceréis la fotografía -premiada en 1993 por uno de esos jurados mansos y ecuánimes que comen sano- donde se ve a una hembra india de la tribu de los Guajas amamantando a una cría de jabalí. La estampa, sorprendente y entrañable por los mismos superficiales y pueriles argumentos occidentales -según el propio jurado ‘muestra la plástica traducción de la comunión de los indígenas con la naturaleza’-, sigue avivando las redes y otros fuegos acompañada de frases cargadas de positivismo existencial, buen rollo y mal gusto. Me pregunto cuántos de vosotros y de vosotras hubieseis exigido a la Junta de Andalucía la retirada inmediata de la custodia del niño, de haberse televisado cómo el jabalí, según el rito más canalla de todo el Amazonas, murió a manos de ‘su madre’ en público y a cuchillo en cuanto llegó el invierno.

Toros sí. Bases fuera.

 

8M

Manuel Muñoz - 2015 - 8M - 01

 

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Originales: Jo Schwab

 

Obituario a Javier Krahe

Tengo frente a mí la botella de agua medio llena de la que Krahe bebió durante su último concierto aquí. Me hice de ella con la fantasía de clonarle para llevármelo a casa, y así se lo comuniqué a 18 Chulos Records a través de un correo electrónico que no tuvieron la gentileza de responder. Sé que hoy me estarán buscando como locas, y que yo no les daré ni gota de la botella de agua medio vacía de la que Krahe bebió durante su último concierto aquí.

Sepan que no es orgullo sino cautela, pues con este agua, desde hoy, también podrían -Dios me libre- clonarme a mí.

¡Salud!
 

Ayer me escribió María

Ayer me escribió María para contarme, como suele, sus fiebres del sábado noche. Comenzó por el accidente que hacía algunas horas le llevó ante un escenario profanado por la bella ruidosa, a quien se refería con generosidad como ‘la Pantoja de la electrónica’. Puede que no exista mejor piropo para otra de esas calladas que tan feas se ponen cuando se desobedecen. A María le encanta hablar de lo que no tiene solución -dice que para todo lo demás están los ordenadores y los hombres que creen serlo-, y la jordana navarra le dio pie para divagar sobre el artista del presente democrático y global, que según ella los hay de dos tipos: el publicitario, centrado en vender, con más trucos que magia, alguna ideología, por lo general de segunda o tercera mano; y el exhibicionista, obcecado en compartir, con los amigos por conocer, cada pelo de las sesiones de psicoanálisis a las que somete al joven eterno -si fuera cuadro,”inacabado”- que lleva dentro. Ambos tipejos –continúa María- coinciden en negarse el deseo de ver sus acciones cotizando en bolsa. Ella y yo sabemos que engañarse es una forma de sobrevivir. María me contó que su hija mayor descansa unos días en Tarifa, y que teme con alegría que el levante termine de arrancarle la mirada que se pierde con su edad. Manolo -nunca me gustó ese nombre para aquel encanto, quizás porque así también se llamaba su padre- pasa las vacaciones en Le Chambon con la familia de su exnovia -francesa como una francesa, además de guapa-. Y los más pequeños, Dolores y Ventura -terminaba así María de pasar lista- siguen arrastrándose por el suelo: la tercera intentando averiguar cómo se puede ser mayor y pequeña a la vez; y el último, tozudo como una cría,- empeñado en salvar de la crisis las empresas de la vida. Amanecerán en casa de sus abuelos -me aclaraba con letra de madre, para justificar, como si falta hiciera, que estuviera escribiéndome en las horas más negras- . Entre líneas me había dejado pensando que ningún artista entra obligado, y que una vez dentro, cada cual sale como puede. María se despidió, como suele, urgente, cómica y única: no quiero que la luz, antes que los rayos de mis dedos, entre a hacerme el amor sin miedo a más hijos. Invitado quedé a responderle.
 

Yo y Platero

Juanito, la niña de chicle con doble de azúcar, dedicó 100 años de mi vida, y todas las suyas, a la poesía matemática, para demostrar tras un millón de fórmulas y otros tantos versos, todos en tu boca, que “cuando se enumeran los elementos de un conjunto de vivos o muertos que integre al narrador, el burro es siempre el último si, y sólo si, no hay más miembros que un asno sin decimales, y un hombre entero”. Es el teorema de ‘Yo y Platero’.